Anduva y el fútbol moderno

(He intentado arrancarme varias veces en estas semanas con algún tema para actualizar el blog, pero nunca di el paso hasta hoy).

Lo del Mirandés engrandece más a la competición que cualquier Clásico rodeado de parafernalia. Hace dos semanas, el Espanyol le quitaba media liga al Barça en un grandísimo partido de los pericos. Se creyeron pequeños, y sin miedo a nada, se lanzaron al cuello del vecino guapo.  Y le hincaron el diente. En gran medida, gracias a su nuevo estadio. Cornellá-El Prat ha recibido muchos elogios por su cercanía al césped y su arquitectura, que caldea el ambiente para alentar al equipo. Todo lo contrario que el gélido Montjuic, al menos para el fútbol.

El Espanyol no se ha creído pequeño hoy. Los pericos que hoy viajaron a Miranda llevaban mucho tiempo sin ver el partido apoyados en las vallas. El gigante era el Mirandés, un equipo que, pese a estar en Segunda B, no pasaría ningún apuro en Segunda. No me tiro a la piscina, pero estaría por ver el papel que haría en la actual Liga BBVA. Pero lo atractivo, más allá de su nivel futbolístico, es su apariencia.

“Esto es Anduva”, dice un letrero en la entrada. El techo de las gradas recuerda a aquellos de uralita, y está sostenido por pilares. Los fondos ni siquiera tienen gradas. Al ver Anduva, recuerdo esos campos sin un hueco para apoyarse en las vallas metálicas. Esas desnudas gradas de piedra con cuatro o cinco filas, pegadas al campo. Ahí donde los líneas tenían que escuchar de todo y no se paraba el partido. Donde te quitaban la pelota cuando sacabas de banda. Donde el balón rebotaba en las vallas metálicas hasta abollarlas. Donde si te hacías un rasguño, tirabas y seguías jugando. Las camisetas eran distintas en el minuto 0. En el 90, todas de color barro. En mi pueblo, más o menos del tamaño de Miranda, y en muchos más, se tiró un campo de esos para hacer otro a 5 kilómetros, con césped y ambiente artificial.

En los estadios de hoy, se gastan millones para que en cuanto llueva todo el mundo no tenga donde resguardarse. A veces, las pistas de atletismo son como un foso a gran escala, donde el partido casi ni se ve. Como te salgas un poco del campo, en vez de público, te comes a siete cámaras, ocho recogepelotas, nueve seguritas y dos comisarios de la LFP.

No voy a ser yo el que renuncie a todas las ventajas que ha supuesto para el fútbol su conversión en negocio. Pero a cambio, nos hemos dejado muchas cosas por el camino. Que el Mirandés juegue las semifinales de Copa en un campo como Anduva desnuda al fútbol y lo deja en su esencia. Lo que nunca debemos olvidar.

Once contra once, un balón, dos porterías y a meter más goles que el rival. Y que la gente disfrute y se vaya contenta a casa si gana y jodida si pierde. Y si empata, depende. El Espanyol celebró un empate frente al Barça y hoy el Mirandés le pintó la cara. Todo lo demás, muchas veces sobra.

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