Sin anestesia

David Beriain (33 añitos), que ha estado hoy en el MEP, caminó a pie durante tres días por la selva colombiana para entrevistar al líder de las FARC. Apenas pasaba los 22 cuando se cargó el petate y se plantó en Afganistán en plena guerra “contra el terror”. Bajó con los mineros a los yacimientos del coltán del Congo. También estuvo en Darfur, en el Kurdistán y en Irak. En todos estos sitios, personas, tan iguales como distintas,  han abierto su corazón delante de él. Y hoy nos lo ha contado.

David, con una voz y una mirada curtidas en mil batallas de las de verdad, nos llevó de golpe a una importante carretera de suministro de las tropas de EE.UU. en la posguerra iraquí. Allí “curraba” un francotirador, llamémosle Michael, que le abrió su corazón. Contaba el francotirador que los atentados eran frecuentes. Cada poco, explotaba una bomba al paso de los convoyes. Entonces, el bueno de Michael tenía que despejar la zona para evitar más muertes. No era agradable, pero prefería cargarse a un iraquí antes que recoger día sí día no trocitos de sus amigos esparcidos por la carretera.

Cada vez que se acercaba algún sospechoso, Michael apuntaba con su arma, fijaba el objetivo y, antes de apretar el gatillo, como todos los francotiradores, hacía matemáticas. Junto al spotter, su ayudante, calculaba el viento, la humedad, la distancia, el ángulo… y disparaba.

Durante unas décimas de segundo, Michael pensaba en la vida a la que iba a poner fin. El remordimiento era pequeño, relativamente, porque sabía que ese hombre quería cargarse a sus amigos y, si pudiese, también se lo cargaría a él. Pum.

Pero un día, los insurgentes, jodidos, retorcieron su plan y de paso le jodieron la vida a Michael. Comenzaron a colocar las bombas en bolsas. Era una carretera bastante transitada por la que pasaban niños, mujeres y ancianos. Las bombas seguían matando a amigos del francotirador. La orden era disparar a todo aquel que dejase una bolsa abandonada.

David Beriain es de los que confía en su intuición. Afirma que sabe si puede confiar en una persona nada más conocerla. Michael, según nos contó, también era de esos. Cuando vio que un anciano caminaba con una pesada bolsa, repetía para sus adentros: “Por favor, no la dejes y te vayas, por favor”. El anciano abandonó la bolsa en la carretera y siguió caminando. Michael, torturado por el deber, apuntó, hizo matemáticas y disparó. Las matemáticas salieron bien, una vez más. De la bolsa cayeron varios kilos de pistachos.

Michael le confesó a David que se acuesta todas las noches con el fantasma del anciano, y que lo hará hasta el fin de sus días.

Como la del francotirador, David guarda muchas historias grabadas a fuego, pero cada una de ellas tiene suficiente fuerza para derrumbar corazones y conciencias. Por ejemplo, también recordaba cuando le preguntó a una joven de las FARC por qué se había hecho guerrillera. La chica explicaba que cuando era una cría, los paramilitares entraron en su casa con motosierras, descuartizaron a su padre delante de ella y lanzaron los trozos al río.

El silencio en la clase habría sido menor si hubiese estado vacía. Me quedé inmóvil esperando no sé a qué. Así como se escapó alguna lágrima, podría haber echado a correr, o gritar hasta quedar sin voz.

No sé si algún día tendré el valor suficiente para empezar a andar y descubrir historias tan duras y tan humanas y contarlas. Pero si lo consigo, será gracias a personas como David Beriain.

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Un pensamiento en “Sin anestesia

  1. Manu, por lo que veo también a ti te ha dejado en estado de shock la visita de Beriain.
    Yo todavía sigo dándole vueltas. A mí, como al resto, me dejó sin palabras. Creo que ese silencio al final de la charla es el más lleno de significado que he podido experimentar en mi vida (y que me perdonen los monjes cartujanos). Y al igual que tú, mientras regresaba a casa, pensé que, de alguna forma, después de escuchar a este maestro ya nada volvería a ser igual. Ahora entiendo perfectamente a todas las personas que me hablaban de ese instante, de esa persona, de esa frase que en su día les cambió la vida. Hoy he asistido a mi momento. Sé que dentro de muchos años me acordaré de este día y pensaré que si estoy donde estoy, es porque una vez tuve el privilegio de asistir a una lección magistral de David Beriain: brutal, sabia, llena de humildad y sobre todo, EMOCIONANTE.

    Un saludo y buen fin de semana.

    Lore.

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