¿Y la culpa de quién es?

Durante la ofensiva israelí en la franja de Gaza, el fotógrafo Yasser Qudih se ha topado con un momento que muchos han presenciado, pero que sólo él, cómo fotógrafo que es, ha sabido captar con toda su fuerza. Soy un ignorante del fotoperiodismo, pero me aventuro a decir que la foto recibirá montañas de premios.

La imagen tiene una fuerza sobrecogedora. El chaval, que no debe de pasar de los 15 años, tiene las piernas chamuscadas y la cara hinchada, pero lo que más le duele es lo que le están haciendo a su pueblo. Se puede ser pro-palestino, pro-israelí o pro-luxemburgués, pero el sentimiento del chaval debe ser muy fuerte cuando antepone su orgullo al dolor físico.

Puede ser que a este chaval le hayan lavado la cabeza hasta el punto de que no le importe dar su vida por la causa. O puede ser que haya visto como asesinan a familiares y amigos, y él, por sí mismo, haya decidido que no le importa morir si es por su pueblo. O pueden ser ambas cosas.

La imagen, más allá de la expresión del chaval, tiene otros elementos igual de interesantes. Los dos milicianos lo sujetan para que no se escape de la cama. Entre la cólera y el dolor, el pobre (sí, pobre, porque es una víctima más) no puede quedarse quieto. Los médicos limpian las heridas. Todos pendientes del chico. El único que parece mirar más allá es el herido, queriendo mostrar al mundo lo que está pasando allí. El flash le golpea de lleno y lo destaca aún más sobre el resto de la escena.

No deja de resultar curioso que el mayor símbolo de la resistencia, ese puño en alto que tanto bien y tanto mal ha hecho, aparezca borroso. No se sabe si el chaval cierra el puño o enseña unos cuernos.

Y no sé si me indignan más las piernas chamuscadas del chaval o las justificaciones a los atentados suicida y a los bombardeos indiscriminados. Me irritan cada vez más los cuentos de buenos y  malos. Será que uno está ciego y sólo ve víctimas y verdugos donde otros condensan miles de años de historia en “Viva Palestina, abajo el sionismo” o viceversa.

Hoy, las piernas son palestinas y sirias. Ayer fueron iraquíes y bosnias. Mañana pueden ser de otra parte. Pocas cosas tienen en común más que el sufrimiento.

Papá cuéntame otra vez esa historia tan bonita de cuando os quitásteis las máscaras y denunciasteis TODAS las injusticias.

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