La media vuelta

Cuando el ser humano afronta la vida se encuentra, de vez en cuando, dificultades. Hay, básicamente, dos actitudes ante un problema. Ponerse frente a él y luchar hasta verlo derrotado, o echar a correr para dejarlo atrás, sin darnos cuenta, tiempo después, de que sigue pegado en nuestro cogote. Todos hemos adoptado las dos posturas en algún momento de nuestra vida. Y ayer, todo eso que llaman España, o lo que queda de ella, pudo ver, a su manera, ambos comportamientos. Los ejemplos fueron inmejorables. El fútbol y la política. Al contrario de lo que dice el CIS, son los temas que más le preocupan a los españoles.

Faltaba un minuto para el final del Barça-Getafe. El marcador señalaba un 4-0. El señor Messi estaba con su amigo el balón en el córner. Insaciable, el 10 se dio media vuelta e inventó una maravilla por la línea de fondo que casi acaba en gol. Podía haber aguantado el balón en el córner, esperando el final, pero se atrevió. Quería más, no tenía nada que perder. Y, sobre todo, fue valiente. Se dio media vuelta, colocándose de frente a la portería, la buscó y casi la encuentra.

Unas horas antes, todo un presidente del Gobierno nos regaló un plano secuencia que deberemos enseñarle a nuestros hijos. Al principio se ve a un séquito de guardaespaldas con pinganillo. Luego, sus colegas. Y, al final, Él. Hay que mirar a cámara lenta la cara que se le queda. En vez de un grupo de periodistas, parece que se encuentra a unos pandilleros en la peor calle del Bronx. Aquellos le pedirían la cartera o la vida. Ayer le pidieron algo mucho peor. Que explicase lo que va a hacer. Ahora viene el verano, sí, pero queremos saber si nos van a dejar con el taparrabos o nos quedamos directamente en bolas.

Hay 15 segundos magistrales. Se oye un “presidente, por favor”. Rajoy traga saliva. Las cámaras tiemblan entre empujones. Se pide silencio. El presidente, como si fuese un faro, comienza a girar lentamente con la mirada perdida alumbrando el horizonte. Se oyen grillos. Cuando parece que ya se va, se escucha otra voz: “que nos va a decir algo”. Durante unas décimas de segundo, Mariano se vuelve. Más de 20 cámaras y 20 rostros esperando, al menos, un “hola”. Mariano otea el horizonte. El faro vuelve a girar, y su mirada, ya bastante apagada, intenta alumbrar a un horizonte oscuro, muy oscuro, que ninguno de nosotros quiere imaginar. “¿Se va?”, preguntaron los periodistas. “Ojalá me pudiese ir”, debió pensar él.

Se dirigió al garaje, con su séquito también mudo, con aparente ligereza. Quién diría que en su cogote, como todos aquellos que rehúyen los problemas, llevaba el peso de un país que lucha por no derrumbarse.

Aquí, hasta que ya sea tarde, no nos enteraremos de nada. Lo sabrán antes en Seúl, en Varsovia o en el Frankfurter Allgemeine.

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