¿Sin perdón?

Las personas, incluso los reyes, se equivocan. El perdón, cuando se hace bien, es un gesto honrado. La hemos cagado miles de veces. Los peores errores son esos que nos acobardan. Esos que el perdón no frena. Esos que no tenemos la valentía de afrontar, e intentamos ocultar sin éxito, como aquel vertedero que el alcalde Quimby enterró bajo Springfield.

España va camino de ser un error en sí misma. Pero hoy, su jefe de estado ha dado ejemplo, por encima de mil actos reprochables. Ha pedido perdón. En Navidad, con el turrón y el marisco en la mesa, había pedido esfuerzo contra la crisis. Y hace unos días, se pidió un elefante en plena ola de recortes.

Nadie adivinó por qué se ha disculpado. Si por matar elefantes a 30.000 euros, por hacerse un safari sin permiso o por caerse a las 5 de la mañana.

Más que un arrepentimiento pueril, se vislumbra en esas 11 palabras una autocrítica más profunda y larga. Se percibe, más bien, al Hirohito que negó su divinidad ante todo Japón tras Hiroshima y Nagasaki.

Mañana, las cacerías millonarias serán tan criticables como hoy. Se retratan algunos que las defendían hasta que el rey ha pedido perdón. Sólo queda esperar que el perdón se haya hecho bien. Por su bien.

Todo aquel que no respete el perdón del rey, que se pare a pensar. Seguro que tiene que pedir perdón, a algo o a alguien.

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