Animal

Estaba sentado, o eso parecía, frente a una casa de piedra con una puerta de madera. Pensé, durante un momento, que estaría esperando a que saliese su amigo. Ellos son fieles hasta las últimas consecuencias. Pero no tan fieles, quizá, para esperar sentados en medio de una carretera.
Vi que no se apartaba cuando me acercaba con el coche. Me eché un poco a la izquierda y él ni se movió. Algo le pasaba. Algún coche lo había atropellado y, probablemente, le había partido la columna. Por eso no se movía. Di la vuelta un poco más adelante y aparqué en el arcén. Vi que estaba sangrando.

Me miró. No hablaba. Tampoco lloraba. Simplemente me miró, como pidiéndome ayuda. No sé por qué no me atreví a agarrarlo y sacarlo hacia el arcén. Me puse el chaleco y marqué el número de la policía. Vi venir a tres turismos prácticamente pegados. El primero no se apartó hasta llegar a pocos metros. El segundo, un típico pegaculos que estaba esperando la mínima opción para adelantar, no reaccionó a tiempo. Cuando le iba a pasar por encima, me giré. No pude verlo. Oí un crujido que aún se me repite en la cabeza, como cuando se corta un chuletón. Luego, un chillido ahogado. Estaba hablando con la policía para avisar del atropello, pero tras el crujido me quedé en silencio y luego les dije que ya no hacía falta, que lo habían matado.

El pegaculos ni siquiera frenó. Aún pasaron más coches junto a él y ninguno se paró. Seguía tirado, ahora de lado. Aún no estaba muerto. No me atreví a acercarme. Vi como el pecho se le inflaba y desinflaba a toda velocidad. En medio de los estertores las piernas le temblaban, pero ya no había vuelta atrás. No recuerdo haber visto agonizar a nadie tan de cerca.

Volví a subir al coche. Ya no tenía nada que hacer, estaba cansado y me sentía mal. Antes de arrancar, otro más le pasó por encima. Aparté la mirada a tiempo. A la tercera fue la vencida. Ahora ya no se movía. Arranqué. Ni siquiera esperé a la policía. Lo único que me habían preguntado cuando les conté lo que pasaba fue que “si tenía daños en el coche”. Les dije, por tercera vez, que yo no lo había atropellado, pero que él estaba en medio de la carretera y no se podía mover.

Llegué a casa con el estómago revuelto, su mirada en la cabeza y el crujido en los oídos. Era un perro (un mastín, creo). Pero pensé que podría haber sido una persona. Sentí asco por el que lo atropelló y lo dejó allí en medio. También sentí asco del pegaculos que, unos metros después de atropellarlo, cogió tranquilamente un desvío, sin detenerse, para llegar, quizá, a su casa. Sentí asco del tercero que le pasó por encima y siguió también como si nada.

Y también sentí asco de mí, por no atreverme a apartarlo. Probablemente no se habría salvado, pero al menos no lo habrían arrollado otras dos veces (o seguramente más, desde que arranqué hacia casa). Sí, probablemente fui el único que llamé a la policía para que lo fuesen a recoger. Pero no fue suficiente.

Podría haber sido una persona porque esa mirada la vi más veces. La vi en la calle, en los ojos de esos que piden unas monedas para sobrevivir. La vi en la tele, en los ojos de las víctimas inocentes de un atentado, una guerra o una dictadura.

Y podría haber sido una persona porque a esos coches que pasaban por encima los vi más veces. Los vi en forma de rifle, de tanque, de coche bomba, de insulto, de pegaculos, o de codo en la cola del súper.

 

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