Meta volante

El hombre es hombre porque el fracaso modera al éxito, y no al revés. Si el triunfo dominase a la derrota, el aburrimiento sería una plaga mortal. Cuesta una vida construir lo que derrumba un segundo. ¿Acaso no hay grandes obras que nunca hemos visto? ¿No se han esfumado hazañas en un mal paso?

El hombre es hombre mientras luche. Puede triunfar o caer. Pero siempre ha de entregarse por completo a sus causas. La peor desgracia no es la derrota, sino la indolencia. Quien abandona la batalla, muere dos veces. Ese es el mediocre, el de poco mérito.

Si el fracaso es dañino, más lo es el éxito. Hay quien se conforma con una victoria y deja de luchar, pensando que ya ha ganado. Se estanca en la quietud. Luego muere. Hay quien persigue victorias de cristal que fácilmente se hacen trizas, cortan y hacen daño. Esas victorias son las del mediocre.

El mediocre también tiene sueños, pero no lucha por ellos. Renuncia a seguir el camino que sus sueños le marcan. Tiene miedo de la derrota porque no la conoce. Ignora su crudeza, porque sus victorias no son reales.

El éxito del hombre es el camino. Un día, decide partir hacia sus sueños. La derrota ya es segura.  Al partir debe saber que caerá muchas veces y deberá volver a empezar. Se curtirá. Conocerá las piedras del camino. Las sabrá esquivar. Y cada vez que levante la mirada del suelo hacia el frente, verá que la senda será más clara.

El hombre es hombre porque el mediocre, si quiere, también puede luchar y conseguir sus sueños. Pero debe olvidar que cualquier meta es una meta volante.

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