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aDSC_0024Tirarte al mar aunque haya olas enormes, pero sabiendo de dónde viene la corriente. Correr al límite, pero con la calma suficiente para no desfallecer antes de la meta. Hacer listas de propósitos, pero hacerlas para cumplirlas, cojones. Yo que sé, tirarse en paracaídas, acabar una maratón, escribir un libro. Nada de abstractismos (sí, me lo he inventado) de comerse el mundo y esas historias que al final quedan en nada.

Verte a los 30 como te veías a los 24 cuando tenías 18. Saber que unas veces tendrás una flor en el culo y otras te mirará un tuerto. Descubrir que eres más fuerte y más débil de lo que crees. No poder ni imaginarte que, el 13 de julio de 2019, por ejemplo, tomarás una decisión insignificante que te cambiará la vida. Decidirás en el último momento bajar a tomar unas cañas, cuando pensabas quedarte en casa, y la conocerás a ella en la cola del baño de un bar al que no sueles ir. O volverás al bar de siempre y, tras rozarte con ella en el espacio y el tiempo, se empiece a alejar en progresión geométrica para no cruzarse nunca más. O viceversa.

Saber que tienes casi 24 años y 24 horas enteras cada día para aprovecharlo. Piensa, imagina, sueña, amontona las ideas en tu cabeza hasta que no quepa ni una más. Tienes un poso suficiente para estar seguro de a dónde ir, pero aún estás lo bastante verde para probar sin temer la derrota.

Tírate del paracaídas ahora que tu corazón lo aguanta. Acaba una maratón ahora que tus piernas pueden. Escribe un libro ahora que eres lo bastante temerario. Eso es comerse el mundo.

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