Cosas

Una señora que ve prescindible la atención sanitaria urgente para quien vive en un pueblo pequeño le llama nazismo a la protesta de quien se ha quedado sin casa ni trabajo por la inacción de la camarilla a la que pertenece dicha señora.

El sucesor señalado a dedo, en plena orgía democrática espoleada por esa misma policía mental que niega aquí la democracia, se da un lacrimógeno abrazo entre la multitud con el presidente de la Junta Electoral. Mientras, los antidisturbios repelen a palos a los, allí sí, violentos opositores que reclaman la revisión de votos ante supuestas irregularidades.

Un residuo humano decide que unos semejantes deben pagar por no sé qué con su pierna, su brazo o su vida. Hoy pasó en Boston, en Mogadiscio y en Damasco. Todos nos enteramos de Boston y menos de Mogadiscio y Damasco. Para eso ya tenemos a la policía mental que de vez en cuando nos restriega en la cara nuestra hipócrita doble moral mientras recita de memoria las cinco ciudades más pobladas de Somalia y los nombres de diez películas sirias y, a la vez, abjura del McDonalds y del imperialismo yanki con un paluego de Big Mac en los dientes y tres latas vacías de Coca-Cola en la papelera, a punto de empezar otro capítulo de Sexo en Nueva York.

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