Cuatro amigos

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Cuatro amigos es una lectura de verano. Por mucho que una de las reflexiones de final de capítulo que aparecen en el libro afirme que la etiqueta “de verano” lleve implícito un sutil desprecio. Descubrí el libro mientras reposábamos tras un largo día de barbacoa, en pleno viaje “de verano”. Uno de nosotros miró la pantalla de su móvil y vio que un amigo había compartido en una red social la reflexión sobre el verano que aparece al final del primer capítulo. Enlazamos entonces con un debate sobre la estación preferida y el mes preferido de cada uno de nosotros. Y me asaltó la curiosidad. Eso fue el domingo pasado. Una semana después, ya me había devorado el libro.

Solo, protagonista y narrador del libro, vaga sin rumbo, deja su trabajo por gilipollas y se guarda dentro sus problemas. Hay muchos paralelismos que atrapan a uno en esta historia. “Yo a mis amigos no les cuento mis penas; que los divierta su puta madre”, se lee en el brillante comienzo de Cuatro amigos. Sigue pensando en B. (o en A., es lo mismo).

David Trueba habla de la tardoadolescencia, una época por la que vagamos sin rumbo fijo pero que algún día terminará; habla de los errores sin remedio, de la autocompasión y de nuestro empeño de convertir lo fácil en difícil. Todos tenemos cerca a Raúl, a Blas y a Claudio. Nos asalta el pánico a convertirnos en una presa de las obligaciones y la responsabilidad. Sufrimos sin saberlo encadenando ridículo tras ridículo. Pensamos que la vida del resto es la hostia y la nuestra una gran mierda. Y eso que los cuentos de hadas parecían superados por inverosímiles desde hace un par de décadas.

También están cerca esos levantadores de un algo llamado “país” que ahora lucha por no desmoronarse. Ellos, que a nuestra edad no tenían tiempo para pensar mientras trabajaban de sol a sol. Que seguían porque sí la regla del trabajo-mujer-hijos sin rechistar. Y cuánto se lamentaron después de no haber pensado lo suficiente. En el libro, es brillante el momento en que el suegro de Bárbara recuerda la indiferencia de su anciano padre cuando llegó a casa con su primer millón ganado a base de sudor. Y lo tacha de ignorante de la vida moderna. Él, que a su vez critica el modo de vida de los chavales de hoy.

Cierto es que ahora hay un colchón de bienestar que relativiza todo. Solo, Raúl, Blas, Claudio, nosotros, no tememos perder el techo que nos cobija o pasar hambre. Amagamos con ahogarnos en vasos de agua porque somos conscientes de que nos acabaremos (o nos acabarán) salvando.

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