Pra a Habana

Imaxe

Ao chegar á Habana, apenas nos fixeron falta cen pasos para que nos timaran un peso polo Granma, que realmente valía vinte centavos. O homiño que nolo vendiu non fixo ademán de meter a man no peto para buscar o cambio, pero nós tampouco llo pedimos.
Apenas fixeron falta cen pasos para que nos ofreceran droga, pero aí xa non picamos.
E apenas fixeron falta cen pasos para toparnos cun cruceiro feito polos canteiros de Poio e unha placa na honra de Rosalía coa primeira estrofa de “Adiós ríos, adiós fontes”.
Á esquerda, a uns metros do cruceiro, na rúa Oficios, hai dous apelidos, tamén galegos, escritos na fachada dun edificio: Casteleiro e Vizoso. Dous galeguiños, de nome Segundo e Gaspar, que traballaban nunha ferretería que dirixía un aragonés de Calanda, Leonardo Buñuel. Este Leonardo tivo un fillo chamado Luis. Fuxiu de Cuba despois do afundimento do Maine e deixou a cargo do negocio aos galeguiños, que aguantaron alí, coma sempre. Cando volviu, uns anos despois, o negocio de Casteleiro e Vizoso xa era un imperio sen sitio para o pai de Luis Buñuel. Unha historia curiosa que contaba hai uns meses Fernando Salgado en La Voz.

Acordeime disto despois de ver unha foto de Global Galicia, o portal de emigración que puxo en marcha La Voz para achegarnos aos que están fora, agora que volvemos ser emigrantes. Non é o mesmo, claro. Dun camarote de terceira e dúas semanas de viaxe pasamos a un par de horas en Ryanair. Das cartas de ano en ano pasamos ao Facebook e o Skype. E dos analfabetos pasamos a licenciados, mestrados e políglotas.

E canto temos que aprender de xente coma Casteleiro e Vizoso.

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A historia do meu avó

O meu avó cumpriu este xoves 90 anos. Isto, hoxe en día, non é moita noticia. Pasou máis de media vida facendo, refacendo e arranxando zapatos. Era aquel tempo no que as cousas se arranxaban en vez de tiralas ao lixo. Daquel tempo conserva uns dedos que parecen chourizos e unhas mans curtidas coma o coiro co que traballaba na zapatería. Leva case 30 anos sen vexiga debido a un cancro que non tivo narices suficientes para tombalo. De cando en vez danlle problemas as arritmias, depende do Sintrom e un dos pulmóns xa apenas lle da folgos cando chega o inverno. Os xeonllos fállanlle de cando en vez e cae máis veces das que nos conta, para non preocuparnos. Se cadra iso tampouco é noticia. Pero o meu avó aínda fai a compra, cociña de luns a venres e camiña cinco ou seis quilómetros diarios. Coida á miña avoa, que está en cadeira de rodas. Lávaa pola mañá, faille o almorzo, a comida, a cea; vive para ela. É un deses homes que loitan toda a vida. Eses homes imprescindibles, dos que falaba Bertolt Brecht.

Pode que isto tampouco sexa noticia. Imos ao gran. O día do seu aniversario, estabamos vendo na televisión un descubrimento arqueolóxico nun país do que non me lembro agora. Dicían os expertos que un dos restos pertencían a un home que morrera envelenado. “¿E iso como o saben, ho?”, preguntou o meu avó. “Analizan os produtos químicos que hai neses restos e teñen uns métodos para comprobalo”, respondín eu,  facéndome o listo, como desculpando a súa ignorancia.

“Bo, iso son contos. ¿Cómo van saber o que facían hai miles de anos con só ver catro osos? Algo poderán adiviñar, non digo que non, pero o resto son historias”.

E entón, iluminoume. El, que saiu dez ou quince veces da provincia da Coruña. Que apenas lía o xornal e algún que outro libro despois de traballar 16 horas ao día. Nin carreira, nin máster, nin doutorado, nin hostias. Sentidiño, e abonda. ¿Cómo non vai dubidar o meu avó do que lle pasaba á xente hai miles de anos, cando non pode crer as mentiras de propaganda que lle contan tódolos días?

Motivos para creer

Lunes, 9 de septiembre,

Pero podría ser cualquier otro día. Aunque de noche ya refresca un poco, el verano se resiste a irse. Será por eso que aún persiste la modorra estival en las noticias. Que si el síndrome postvacacional y demás tonterías.

Arrastramos resaca, de esas malas de garrafón, por la gran tragedia olímpica. O comedia olímpica. O tragicomedia, según se mire. Por suerte, se van diluyendo las vergonzosas palabras de la semana pasada. Salvo contadas excepciones, los grandes medios españoles han perdido otra oportunidad para recuperar un trocito del poco prestigio que les queda. Casi todos han caído en la trampa y han aparcado su labor de informar, convirtiéndose en panfletos a cambio de unas migajas de publicidad, aún a sabiendas de que Madrid 2020 era un gigante con pies de barro. Han llegado a censurar informaciones que ponían en duda la viabilidad del proyecto olímpico. Ahora, al despertar del sueño olímpico y ver sus arcas igual de secas que ayer, ponen en marcha el ventilador de las críticas. No cuela.

Estos días ha habido muchas sombras. Actuaciones irresponsables por las que nadie pedirá disculpas. Se han publicado encuestas inverosímiles. Se han parido portadas sin pies ni cabeza. Desde un país infestado de amiguismo, cargos hereditarios, clientelismo y sálvese quien pueda se han querido dar lecciones de transparencia y se ha agitado la bandera del tongo y la conspiración para ocultar los errores propios. Nos hemos mostrado al mundo a través de personajes que pasarían por cómicos si no fuesen tan de verdad. Un señor que lleva casi tres décadas como político y aún no ha aprendido las nociones básicas de oratoria, o una señora que… En fin.

 

Pero, menos mal, en este lunes también hay luces. Como todos los lunes, la página de Manuel Jabois y Enric González en El Mundo. O la reflexión sobre la derrota de José Antonio Marina en el mismo diario. La que más me ha deslumbrado ha sido esta joya (“¿Siria? Ya no hay más Siria”) publicada en Jot Down,  una de las mejores cosas que le han ocurrido al periodismo en España en los últimos tiempos.

Hoy, Jot Down ha publicado un enorme reportaje de Nacho Carretero sobre los campos de refugiados sirios en Jordania y Líbano. Nacho, un excepcional periodista gallego que, pese a su juventud, ha contado historias a lo largo de todo el mundo, condensa magistralmente el conflicto sobre el que actualmente se posan los ojos del mundo. Y Nacho lo cuenta a través de personas. Personas que no llevan traje y corbata. Que no buscan dar la mano, poner su cara sonriente para la foto y luego desaparecer. Estas son personas que han visto su vida golpeada de lleno por el sinsentido de la guerra y que, a pesar de todo, no se rinden.

El reportaje finaliza con las palabras de Ashram, una chica de 16 años. Es refugiada por partida doble. Su familia huyó de Palestina hacia Siria, y luego, de Siria al Líbano. Unas líneas que son motivo suficiente para seguir creyendo en esta locura llamada Periodismo:

«Nunca pensé que iba a vivir en una tienda, nunca pensé que no iba a tener amigas», dice Ashram. La suya es una historia más, la enésima, de quien no puede aceptar que la vida le haya saltado por los aires de un día para otro. Una de las dos millones de personas incapaces de aceptar lo que les está ocurriendo. «Yo creo que el mundo no hace nada ni nos ayuda porque no se están enterando de lo que pasa», dice Ashram convencida. «De mayor voy a ser periodista para contar mi historia. Y para contar las historias que están ocurriendo aquí. Para que el mundo lo sepa y nos ayude».

Cuatro amigos

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Cuatro amigos es una lectura de verano. Por mucho que una de las reflexiones de final de capítulo que aparecen en el libro afirme que la etiqueta “de verano” lleve implícito un sutil desprecio. Descubrí el libro mientras reposábamos tras un largo día de barbacoa, en pleno viaje “de verano”. Uno de nosotros miró la pantalla de su móvil y vio que un amigo había compartido en una red social la reflexión sobre el verano que aparece al final del primer capítulo. Enlazamos entonces con un debate sobre la estación preferida y el mes preferido de cada uno de nosotros. Y me asaltó la curiosidad. Eso fue el domingo pasado. Una semana después, ya me había devorado el libro.

Solo, protagonista y narrador del libro, vaga sin rumbo, deja su trabajo por gilipollas y se guarda dentro sus problemas. Hay muchos paralelismos que atrapan a uno en esta historia. “Yo a mis amigos no les cuento mis penas; que los divierta su puta madre”, se lee en el brillante comienzo de Cuatro amigos. Sigue pensando en B. (o en A., es lo mismo).

David Trueba habla de la tardoadolescencia, una época por la que vagamos sin rumbo fijo pero que algún día terminará; habla de los errores sin remedio, de la autocompasión y de nuestro empeño de convertir lo fácil en difícil. Todos tenemos cerca a Raúl, a Blas y a Claudio. Nos asalta el pánico a convertirnos en una presa de las obligaciones y la responsabilidad. Sufrimos sin saberlo encadenando ridículo tras ridículo. Pensamos que la vida del resto es la hostia y la nuestra una gran mierda. Y eso que los cuentos de hadas parecían superados por inverosímiles desde hace un par de décadas.

También están cerca esos levantadores de un algo llamado “país” que ahora lucha por no desmoronarse. Ellos, que a nuestra edad no tenían tiempo para pensar mientras trabajaban de sol a sol. Que seguían porque sí la regla del trabajo-mujer-hijos sin rechistar. Y cuánto se lamentaron después de no haber pensado lo suficiente. En el libro, es brillante el momento en que el suegro de Bárbara recuerda la indiferencia de su anciano padre cuando llegó a casa con su primer millón ganado a base de sudor. Y lo tacha de ignorante de la vida moderna. Él, que a su vez critica el modo de vida de los chavales de hoy.

Cierto es que ahora hay un colchón de bienestar que relativiza todo. Solo, Raúl, Blas, Claudio, nosotros, no tememos perder el techo que nos cobija o pasar hambre. Amagamos con ahogarnos en vasos de agua porque somos conscientes de que nos acabaremos (o nos acabarán) salvando.