Na terra dos lobos, hai que ouvear coma todos


Un clásico de Armstrong: 18ª etapa del Tour de 2004. La general ya decidida. Filippo Simeoni salta del pelotón a por la victoria de etapa. Simeoni había reconocido en 2001 que el doctor Ferrari, exmédico de Armstrong, le había recetado EPO. Tras cumplir su sanción, volvió a correr. Eso sí, repudiado por el resto del pelotón. Una omertá asquerosa.

Armstrong, con el maillot amarillo y ya tocando el Tour en las yemas de los dedos, sale como un poseso en cuanto Simeoni se escapa. Le jode el ataque y, cuando lo consigue, le pasa la mano por la espalda como si fuera el mismísimo Vito Corleone. Bueno, Vito Corleone tenía más estilo. Años después, con el mismo cinismo que demostró ayer con Oprah, Armstrong dijo: “Yo no me escapé con Simeoni. Simplemente hice mi trabajo y me puse a su rueda”

El asunto del dopaje en el ciclismo es (o con suerte, ha sido) un problema estructural. Ha estado muy enquistado y es difícil limpiarlo de un día para otro. Tan intenso y consentido ha sido, que hubo un tiempo en el que el 80 % de los ciclistas competían en igualdad de condiciones. O sea, dopados. O tomabas EPO, o no podías ganar. Creo que en esos tiempos, el ciclista que no hacía trampas se sentía como un deportista que no se cuidaba, más que como un deportista limpio. Es como el futbolista que no rinde porque sale de fiesta dos noches cada semana cuando ve a los que se cuidan más y se entrenan más duro. “Na terra dos lobos, hai que ouvear coma todos“, que di o meu avó.

Pero claro, hoy nos echamos todos las manos a la cabeza. Ah, y por supuesto, lo de Contador fue culpa del chuletón.

Contador, la ley y la trampa

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Contador, la ley y la trampa

Como muchos de los que hoy defienden (o acusan) a Contador con aire fundamentalista, no tengo mucha idea del funcionamiento del TAS ni de la UCI, ese organismo que se empeña a encerrar al ciclismo en la ídem.

No se me va a ir el alma en juzgar el veredicto. La Unidad de Cuidados Intensivos afirma que es un día triste para el deporte. Como amantes del ciclismo que se les supone, también habrán vibrado, como yo, de las hazañas de Alberto Contador, al que muchos atribuyen el mayor talento para el ciclismo jamás concebido. Se habrán llenado los bolsillos (yo no) con lo que Alberto ha supuesto para un deporte que estaba (y sigue) en estado crítico.

La catarsis que el ciclismo debía haber experimentado nunca tuvo lugar, porque la (im) pureza está muy enquistada en su esencia. La laxa frontera del dopaje se mueve continuamente. La lista de sustancias prohibidas cambia. Partiendo de unos principios mínimos de salud, es muy discutible la inclusión o exclusión de determinados productos.

Como casi siempre, los “malos” van por delante de los “buenos”, y la trampa gana a la ley. Ahora ya no son esteroides, que entronizaban al ciclista pero minaban a la persona cuando pasaba los 50. Los Eufemianos han logrado convertir a los deportistas en una especie de dinamo, que aprovecha su propia sangre para mejorar su rendimiento. Y sin apenas restos ni secuelas, salvo que quede plástico de las bolsas de transfusión.

Hubo un momento en que alguien descubrió que un plato de pasta con solomillo antes de competir se rendía más que con un cocido. Y que con un café se podía demorar el cansancio. Y luego alguien descubrió las vitaminas y los suplementos. Y los esteroides. En un momento determinado, se cruzó la línea.

El clembuterol es como las bragas que la mujer descubre entre las prendas de su marido. No debía estar en el cuerpo de Contador. A menos que el hombre haya sido víctima de una situación rocambolesca (o se haya inventado una buena excusa) las consecuencias serán duras. Otra cosa es que muchos maridos lo hagan. El hombre creerá que el mal común es un mal menor. Pero la UCI, digo… la mujer, guardián de la conciencia, es implacable y lo echa de casa, al menos durante un tiempo.

Resulta que al final, la mujer también era mentira. Engañaba al marido con otros hombres casados. Pero no podía vivir sin él, que le pagaba todos los caprichos. Y él necesitaba a alguien que lo cogiese de la mano. Los dos, cornudos, deciden tirar para adelante por el bien, dicen, de sus hijos, los aficionados.

Pero se siguen engañando, y los hijos, como no tienen a dónde ir ni nadie que los cuide, aguantan y se quedan en casa.

Porque en el salón aún está la tele donde Perico, ese marido nostálgico, les alegra las sobremesas de verano con las etapas del Tour.