29 de febrero: el día que conocí a Jabois

Lo extraordinario, por definición, está fuera de lo común. El 29 de febrero es algo así. Solo ocurre cada cuatro años, como los Mundiales, los Juegos Olímpicos o las elecciones cuando aún no nos engañaban lo suficiente como para que nos quejásemos.

La cosa ya coge tintes de Cuarto Milenio cuando, el 29-F, Paco Sánchez nos trae a clase a Manuel Jabois, ese desconocido, junto con Messi, con el que más has disfrutado en los últimos meses. Llevaba tiempo leyéndolo por internet y hace dos semanas me comí Irse a Madrid de un tirón. Celebraba el final de los artículos como los goles del “10”, porque sabía que muy pronto me iban a sorprender otra genialidad.

En clase se desparramaban elucubraciones sobre cómo sería ese hombre que enviaba correos pornográficos al director financiero de su periódico y que se quedaba dormido en la playa después de una noche de fiesta. Pues resultó ser un tío normal, sencillo, tímido, con sentido del humor y paro ya antes de pillar una sobredosis de tópicos. Nos contó las anécdotas (todas ciertas, asegura) que cimentan sus artículos con una naturalidad pasmosa. La gente flipa cuando Jabois dice que en su vida nunca pasa nada. Y puede que no tenga más historias destacables que el resto, pero su habilidad para contarlas es lo que las hace tremendas. De hecho, se puso a hablar de sus andanzas y mi vida se empezó a inundar de momentos legendarios que apenas valoraba, como el día que… bah, me las guardo, que me quedo sin fondo de armario.

La maestría de Jabois se define, entre otras muchas cosas, con un penalti. Aquel que le paró el alcalde de Pontevedra. La narración que hace del lanzamiento convierte aquel ridículo error en un penalti mejor dibujado que cualquiera de los 12 que lleva CR esta temporada.

Nos enseñó mucho, en apenas dos horas y sin aparentes complicaciones. Aunque era la primera vez que daba una “clase”, las lecciones de Jabois, al estilo de los antiguos maestros, manaban a través de sus textos, sin forzarse, y cuando llegaban a nosostros, parecían tan evidentes que era inevitable preguntarse dónde habían estado todo este tiempo.

Como con Ander Izaguirre y David Beriain, en poco más de diez horas, he aprendido más que en varias asignaturas de la facultad juntas, con todos los respetos. Pero es así. Comprendo a Jabois, que empezó cinco carreras y entre todas solo aprobó dos asignaturas. Él afirma que aprendió leyendo periódicos, lo que más, y libros, lo que menos. Y de fondo, siempre Camba, Fernandez Flórez, Plá, etc.

En sus inicios, a Manuel (tocayo y amigo, que así me firmó el libro en mi primer momento fan en mucho tiempo) le gustaba mucho Millás, y recordaba sus primeros artículos como malas copias del escritor valenciano. Yo intento imitar a Jabois excusando involuntariedad, porque si lo que uno pretende es vivir de escribir, hay que leer a este chaval de Sanxenxo y aprender de sus textos. Si  él empezó haciendo malas copias, yo me conformo con empezar haciendo basura. Y a esto, gracias a gente como él, me quiero dedicar.

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Sin anestesia

David Beriain (33 añitos), que ha estado hoy en el MEP, caminó a pie durante tres días por la selva colombiana para entrevistar al líder de las FARC. Apenas pasaba los 22 cuando se cargó el petate y se plantó en Afganistán en plena guerra “contra el terror”. Bajó con los mineros a los yacimientos del coltán del Congo. También estuvo en Darfur, en el Kurdistán y en Irak. En todos estos sitios, personas, tan iguales como distintas,  han abierto su corazón delante de él. Y hoy nos lo ha contado.

David, con una voz y una mirada curtidas en mil batallas de las de verdad, nos llevó de golpe a una importante carretera de suministro de las tropas de EE.UU. en la posguerra iraquí. Allí “curraba” un francotirador, llamémosle Michael, que le abrió su corazón. Contaba el francotirador que los atentados eran frecuentes. Cada poco, explotaba una bomba al paso de los convoyes. Entonces, el bueno de Michael tenía que despejar la zona para evitar más muertes. No era agradable, pero prefería cargarse a un iraquí antes que recoger día sí día no trocitos de sus amigos esparcidos por la carretera.

Cada vez que se acercaba algún sospechoso, Michael apuntaba con su arma, fijaba el objetivo y, antes de apretar el gatillo, como todos los francotiradores, hacía matemáticas. Junto al spotter, su ayudante, calculaba el viento, la humedad, la distancia, el ángulo… y disparaba.

Durante unas décimas de segundo, Michael pensaba en la vida a la que iba a poner fin. El remordimiento era pequeño, relativamente, porque sabía que ese hombre quería cargarse a sus amigos y, si pudiese, también se lo cargaría a él. Pum.

Pero un día, los insurgentes, jodidos, retorcieron su plan y de paso le jodieron la vida a Michael. Comenzaron a colocar las bombas en bolsas. Era una carretera bastante transitada por la que pasaban niños, mujeres y ancianos. Las bombas seguían matando a amigos del francotirador. La orden era disparar a todo aquel que dejase una bolsa abandonada.

David Beriain es de los que confía en su intuición. Afirma que sabe si puede confiar en una persona nada más conocerla. Michael, según nos contó, también era de esos. Cuando vio que un anciano caminaba con una pesada bolsa, repetía para sus adentros: “Por favor, no la dejes y te vayas, por favor”. El anciano abandonó la bolsa en la carretera y siguió caminando. Michael, torturado por el deber, apuntó, hizo matemáticas y disparó. Las matemáticas salieron bien, una vez más. De la bolsa cayeron varios kilos de pistachos.

Michael le confesó a David que se acuesta todas las noches con el fantasma del anciano, y que lo hará hasta el fin de sus días.

Como la del francotirador, David guarda muchas historias grabadas a fuego, pero cada una de ellas tiene suficiente fuerza para derrumbar corazones y conciencias. Por ejemplo, también recordaba cuando le preguntó a una joven de las FARC por qué se había hecho guerrillera. La chica explicaba que cuando era una cría, los paramilitares entraron en su casa con motosierras, descuartizaron a su padre delante de ella y lanzaron los trozos al río.

El silencio en la clase habría sido menor si hubiese estado vacía. Me quedé inmóvil esperando no sé a qué. Así como se escapó alguna lágrima, podría haber echado a correr, o gritar hasta quedar sin voz.

No sé si algún día tendré el valor suficiente para empezar a andar y descubrir historias tan duras y tan humanas y contarlas. Pero si lo consigo, será gracias a personas como David Beriain.