Motivos para creer

Lunes, 9 de septiembre,

Pero podría ser cualquier otro día. Aunque de noche ya refresca un poco, el verano se resiste a irse. Será por eso que aún persiste la modorra estival en las noticias. Que si el síndrome postvacacional y demás tonterías.

Arrastramos resaca, de esas malas de garrafón, por la gran tragedia olímpica. O comedia olímpica. O tragicomedia, según se mire. Por suerte, se van diluyendo las vergonzosas palabras de la semana pasada. Salvo contadas excepciones, los grandes medios españoles han perdido otra oportunidad para recuperar un trocito del poco prestigio que les queda. Casi todos han caído en la trampa y han aparcado su labor de informar, convirtiéndose en panfletos a cambio de unas migajas de publicidad, aún a sabiendas de que Madrid 2020 era un gigante con pies de barro. Han llegado a censurar informaciones que ponían en duda la viabilidad del proyecto olímpico. Ahora, al despertar del sueño olímpico y ver sus arcas igual de secas que ayer, ponen en marcha el ventilador de las críticas. No cuela.

Estos días ha habido muchas sombras. Actuaciones irresponsables por las que nadie pedirá disculpas. Se han publicado encuestas inverosímiles. Se han parido portadas sin pies ni cabeza. Desde un país infestado de amiguismo, cargos hereditarios, clientelismo y sálvese quien pueda se han querido dar lecciones de transparencia y se ha agitado la bandera del tongo y la conspiración para ocultar los errores propios. Nos hemos mostrado al mundo a través de personajes que pasarían por cómicos si no fuesen tan de verdad. Un señor que lleva casi tres décadas como político y aún no ha aprendido las nociones básicas de oratoria, o una señora que… En fin.

 

Pero, menos mal, en este lunes también hay luces. Como todos los lunes, la página de Manuel Jabois y Enric González en El Mundo. O la reflexión sobre la derrota de José Antonio Marina en el mismo diario. La que más me ha deslumbrado ha sido esta joya (“¿Siria? Ya no hay más Siria”) publicada en Jot Down,  una de las mejores cosas que le han ocurrido al periodismo en España en los últimos tiempos.

Hoy, Jot Down ha publicado un enorme reportaje de Nacho Carretero sobre los campos de refugiados sirios en Jordania y Líbano. Nacho, un excepcional periodista gallego que, pese a su juventud, ha contado historias a lo largo de todo el mundo, condensa magistralmente el conflicto sobre el que actualmente se posan los ojos del mundo. Y Nacho lo cuenta a través de personas. Personas que no llevan traje y corbata. Que no buscan dar la mano, poner su cara sonriente para la foto y luego desaparecer. Estas son personas que han visto su vida golpeada de lleno por el sinsentido de la guerra y que, a pesar de todo, no se rinden.

El reportaje finaliza con las palabras de Ashram, una chica de 16 años. Es refugiada por partida doble. Su familia huyó de Palestina hacia Siria, y luego, de Siria al Líbano. Unas líneas que son motivo suficiente para seguir creyendo en esta locura llamada Periodismo:

«Nunca pensé que iba a vivir en una tienda, nunca pensé que no iba a tener amigas», dice Ashram. La suya es una historia más, la enésima, de quien no puede aceptar que la vida le haya saltado por los aires de un día para otro. Una de las dos millones de personas incapaces de aceptar lo que les está ocurriendo. «Yo creo que el mundo no hace nada ni nos ayuda porque no se están enterando de lo que pasa», dice Ashram convencida. «De mayor voy a ser periodista para contar mi historia. Y para contar las historias que están ocurriendo aquí. Para que el mundo lo sepa y nos ayude».

Anuncios

Olvídate de horarios

Uno de mis días más satisfactorios como periodista fue cuando mi jefe me despertó a las 6 de la mañana para ir a cubrir un suceso. Estuve trabajando hasta las nueve de la noche con apenas dos horas de descanso en medio. Ese mismo día, qué cosas, un señor aceleró el reloj de la cuenta atrás colectiva hacia el precipicio.

Cuando alguien quiere trabajar en esto, uno de los mejores consejos que te pueden dar  es “olvídate de horarios”. Siempre he intentado cumplirlo, y lo he hecho de buena gana. Si había que quedarse hasta y cuarto en vez de irse a en punto, lo hacía contento, y con ganas. Si había que corregir algo, esperaba un rato más.

Pero llevo un tiempo mirando el reloj cada cinco minutos. Y eso, no. Así, no.

29 de febrero: el día que conocí a Jabois

Lo extraordinario, por definición, está fuera de lo común. El 29 de febrero es algo así. Solo ocurre cada cuatro años, como los Mundiales, los Juegos Olímpicos o las elecciones cuando aún no nos engañaban lo suficiente como para que nos quejásemos.

La cosa ya coge tintes de Cuarto Milenio cuando, el 29-F, Paco Sánchez nos trae a clase a Manuel Jabois, ese desconocido, junto con Messi, con el que más has disfrutado en los últimos meses. Llevaba tiempo leyéndolo por internet y hace dos semanas me comí Irse a Madrid de un tirón. Celebraba el final de los artículos como los goles del “10”, porque sabía que muy pronto me iban a sorprender otra genialidad.

En clase se desparramaban elucubraciones sobre cómo sería ese hombre que enviaba correos pornográficos al director financiero de su periódico y que se quedaba dormido en la playa después de una noche de fiesta. Pues resultó ser un tío normal, sencillo, tímido, con sentido del humor y paro ya antes de pillar una sobredosis de tópicos. Nos contó las anécdotas (todas ciertas, asegura) que cimentan sus artículos con una naturalidad pasmosa. La gente flipa cuando Jabois dice que en su vida nunca pasa nada. Y puede que no tenga más historias destacables que el resto, pero su habilidad para contarlas es lo que las hace tremendas. De hecho, se puso a hablar de sus andanzas y mi vida se empezó a inundar de momentos legendarios que apenas valoraba, como el día que… bah, me las guardo, que me quedo sin fondo de armario.

La maestría de Jabois se define, entre otras muchas cosas, con un penalti. Aquel que le paró el alcalde de Pontevedra. La narración que hace del lanzamiento convierte aquel ridículo error en un penalti mejor dibujado que cualquiera de los 12 que lleva CR esta temporada.

Nos enseñó mucho, en apenas dos horas y sin aparentes complicaciones. Aunque era la primera vez que daba una “clase”, las lecciones de Jabois, al estilo de los antiguos maestros, manaban a través de sus textos, sin forzarse, y cuando llegaban a nosostros, parecían tan evidentes que era inevitable preguntarse dónde habían estado todo este tiempo.

Como con Ander Izaguirre y David Beriain, en poco más de diez horas, he aprendido más que en varias asignaturas de la facultad juntas, con todos los respetos. Pero es así. Comprendo a Jabois, que empezó cinco carreras y entre todas solo aprobó dos asignaturas. Él afirma que aprendió leyendo periódicos, lo que más, y libros, lo que menos. Y de fondo, siempre Camba, Fernandez Flórez, Plá, etc.

En sus inicios, a Manuel (tocayo y amigo, que así me firmó el libro en mi primer momento fan en mucho tiempo) le gustaba mucho Millás, y recordaba sus primeros artículos como malas copias del escritor valenciano. Yo intento imitar a Jabois excusando involuntariedad, porque si lo que uno pretende es vivir de escribir, hay que leer a este chaval de Sanxenxo y aprender de sus textos. Si  él empezó haciendo malas copias, yo me conformo con empezar haciendo basura. Y a esto, gracias a gente como él, me quiero dedicar.

Yo también meo colonia

A Pedrerol, Roncero y compañía les tengo la misma consideración que a Jorge Javier y la prinsesaah del pueblooh. Ambos son, a su juicio, mis compañeros de profesión. Allá ellos. En los últimos años, me han repetido muchas veces que el periodismo sirve, entre otras muchas cosas, como un camino hacia un mundo mejor. Me parece que estos no se han enterado, y han pillado la autovía en sentido contrario y a 120.

Como no soy nadie para impedir sus cafradas, procuro pasar de largo, y sólo me indigno cuando me los encuentro de frente, como quien le grita al ladrón que huye con el bolso de una anciana. Andaba yo hace un rato por Twitter, y el timeline se emponzoñó con dos palabras. “Punto Pelota”. Me sentí como quien le concede un capricho a un niño consentido e hice clic. Algo en mi cabeza hizo crac. Las dos Españas ya se estaban liando a balazos de 140 caracteres. Eureka. La fórmula del éxito.

Tras la persecución iniciada por el Barça, que los convierte en mártires de la libertad de expresión, en la taberna/caverna de Pedrerol están brindando con cava catalán y babando de satisfacción, pensando en la audiencia que tendrán a raíz del comunicado del Barça. Al fin y al cabo, no les afectará el veto, porque con dos planos recurso de Pep frotándose la cabeza y la manita de Piqué, ya tienen material suficiente para tocarse durante horas y salpicar todo el plató. Y eso que está en plena cuenta atrás del lanzamiento de su Twitter, que ya es temeridad. Tendrá más veces a los trolls encima que David el gnomo. Una pena. No se dará cuenta de que el troll es él.

Esto explota unos días después de que el Real Madrid impidiese a Canal + Francia hacerle una entrevista con Benzema. Todo fueron aplausos. Por fin alguien había tenido huevos de responder a la declaración de guerra de unos muñequitos. Algunos se encendieron y ya proponían quemar los Carrefour como siguiente paso. Como es sabido, los guiñoles franceses no tienen el mismo derecho a bromear que los directivos merengues, que también lo hacen, tal y como reconoció Roncero tras aquella fantástica demostración de “disparo y ya preguntaré luego”.

Si el ser humano es complejo, los de Intereconomía, que por si algún puntopelotero no lo sabe se llevan la audiencia de la taberna/caverna, son más raros que Paquirrín en una biblioteca. Pep Guardiola, ese tótem del catalanismo y el lobby gay (en su día lo fue Pa Negre) ha decidido ahora que hay que vetarlos por meterse en su vida. Porque él es quien manda en el Barça, y quien diga lo contrario miente.

El paripé del otro día fue para el Barça un motivo suficiente. El ridículo disfraz de Garganta Profunda que le pusieron a Miguel García, presidente del Hospitalet(otro personaje), fue vergonzoso.

Observando a los gurús que tildan al Barcelona de franquista (no, no es coña) surge una duda existencial: no sé si hoy en día tienen más poder las ideas o los colores de un equipo de fútbol. La alegría con la que se utilizan palabras como “franquista” o “nazi” es acojonante. Los que hoy llaman así al Barça, son los que mil veces se lo han dicho a Intereconomía. Los pobres, para bien o para mal, siempre en el medio.

En fin, he pecado y he escupido bilis durante un rato, pero me he quedado a gusto. Para acabar con el tema, de regalo, varios autorretratos de Intereconomía TV.

Dos conclusiones:

1. Tiene razón el señor García Serrano. Vivimos en un país siniestro, donde Intereconomía da lecciones de periodismo y libertad de expresión.

2. Definitivamente, el humor (bueno y malo) sólo está permitido en España. Aquí se puede fomentar la catalanofobia o insinuar esclavismo, pero los franceses no pueden bromear con que nuestros héroes se toman una pastillita para correr más.

Sin anestesia

David Beriain (33 añitos), que ha estado hoy en el MEP, caminó a pie durante tres días por la selva colombiana para entrevistar al líder de las FARC. Apenas pasaba los 22 cuando se cargó el petate y se plantó en Afganistán en plena guerra “contra el terror”. Bajó con los mineros a los yacimientos del coltán del Congo. También estuvo en Darfur, en el Kurdistán y en Irak. En todos estos sitios, personas, tan iguales como distintas,  han abierto su corazón delante de él. Y hoy nos lo ha contado.

David, con una voz y una mirada curtidas en mil batallas de las de verdad, nos llevó de golpe a una importante carretera de suministro de las tropas de EE.UU. en la posguerra iraquí. Allí “curraba” un francotirador, llamémosle Michael, que le abrió su corazón. Contaba el francotirador que los atentados eran frecuentes. Cada poco, explotaba una bomba al paso de los convoyes. Entonces, el bueno de Michael tenía que despejar la zona para evitar más muertes. No era agradable, pero prefería cargarse a un iraquí antes que recoger día sí día no trocitos de sus amigos esparcidos por la carretera.

Cada vez que se acercaba algún sospechoso, Michael apuntaba con su arma, fijaba el objetivo y, antes de apretar el gatillo, como todos los francotiradores, hacía matemáticas. Junto al spotter, su ayudante, calculaba el viento, la humedad, la distancia, el ángulo… y disparaba.

Durante unas décimas de segundo, Michael pensaba en la vida a la que iba a poner fin. El remordimiento era pequeño, relativamente, porque sabía que ese hombre quería cargarse a sus amigos y, si pudiese, también se lo cargaría a él. Pum.

Pero un día, los insurgentes, jodidos, retorcieron su plan y de paso le jodieron la vida a Michael. Comenzaron a colocar las bombas en bolsas. Era una carretera bastante transitada por la que pasaban niños, mujeres y ancianos. Las bombas seguían matando a amigos del francotirador. La orden era disparar a todo aquel que dejase una bolsa abandonada.

David Beriain es de los que confía en su intuición. Afirma que sabe si puede confiar en una persona nada más conocerla. Michael, según nos contó, también era de esos. Cuando vio que un anciano caminaba con una pesada bolsa, repetía para sus adentros: “Por favor, no la dejes y te vayas, por favor”. El anciano abandonó la bolsa en la carretera y siguió caminando. Michael, torturado por el deber, apuntó, hizo matemáticas y disparó. Las matemáticas salieron bien, una vez más. De la bolsa cayeron varios kilos de pistachos.

Michael le confesó a David que se acuesta todas las noches con el fantasma del anciano, y que lo hará hasta el fin de sus días.

Como la del francotirador, David guarda muchas historias grabadas a fuego, pero cada una de ellas tiene suficiente fuerza para derrumbar corazones y conciencias. Por ejemplo, también recordaba cuando le preguntó a una joven de las FARC por qué se había hecho guerrillera. La chica explicaba que cuando era una cría, los paramilitares entraron en su casa con motosierras, descuartizaron a su padre delante de ella y lanzaron los trozos al río.

El silencio en la clase habría sido menor si hubiese estado vacía. Me quedé inmóvil esperando no sé a qué. Así como se escapó alguna lágrima, podría haber echado a correr, o gritar hasta quedar sin voz.

No sé si algún día tendré el valor suficiente para empezar a andar y descubrir historias tan duras y tan humanas y contarlas. Pero si lo consigo, será gracias a personas como David Beriain.